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El túnel.

 

Anoche tuve problemas para dormir, me pasa todos los domingos. No sé si sea porque mi cuerpo se acostumbra al ritmo agitado del fin de semana, porque todavía hay alcohol corriendo en mi organismo o porque me predispongo pensando “Oh, hoy es domingo y no podré dormir”. Entonces dormí alrededor de una hora, tal vez dos, y en ese tiempo tuve un sueño o pesadilla, depende de cómo quieras verlo, Ese sueño me gustó porque me ayudó a poder darle forma a mis emociones y tal vez sea un poco más fácil darme a entender si lo explico así.

En mi sueño me encontraba caminando en un túnel muy pequeño y oscuro. Era tan pequeño que mi cabeza chocaba con el techo en algunos puntos y mis hombros tocaban las paredes todo el tiempo. No recuerdo cómo o cuándo entré en ese túnel, sólo recuerdo que estaba muy cansado, tenía sed y por más que caminara no llegaba a la salida, era un túnel sin fin. Desperté media hora antes de que sonara mi alarma y no pude volver a dormir, me quedé pensando en ese sueño, comencé a relacionarlo con mi depresión y mi ansiedad y tuvo mucho sentido para mí.

Esos son mis días y mis noches, algunos más oscuros que otros.

Me siento atrapado en un túnel sin fin. No recuerdo cuánto tiempo he estado ahí, tampoco recuerdo como era vivir fuera de ese túnel pero sé que el recorrido ha sido largo. Y la verdad estoy cansado, muy cansado. Estoy tan cansado que en ocasiones me siento a esperar, no sé que espero pero lo hago y después sigo caminando. He intentado salir de muchas formas, he cavado hondo en el suelo y las paredes para hacer mi propia salida pero siempre termino regresando al punto de partida. A veces, desesperado, corro muy rápido para avanzar y llegar a la luz pero nunca pasa. El túnel es tan pequeño que no cabría aquí nadie más, mi cuerpo ocupa todo el espacio disponible y estoy en contacto con sus frías paredes todo el tiempo. ¡Esas paredes! Están hechas de miedo, de tristeza, de melancolía y decepción, de frustraciones y enojo. Esas paredes son muy gruesas, impenetrables. Si hubiera alguien llamándome desde afuera no podría escucharle. Ahí no llegan el sonido ni la luz. Está hecho a mi medida, por mí y para mí. Nadie más podría encontrar la entrada, mucho menos la salida.

He pasado tanto tiempo en ese túnel que podrías creer que me he acostumbrado pero no es así, es cada vez más difícil. Tengo llagas en los pies y heridas en las manos ocasionadas por algunas caídas que he sufrido. Estoy cada vez más convencido de que no sirve de nada caminar ahí adentro, que no voy a llegar a ninguna parte y que debería resignarme a seguir ahí. Sé que hay personas que me esperan al final del túnel, que confían en mí y que creen genuinamente que en algún momento podré salir. Tengo miedo a defraudarlos, es mucha presión ¿Por qué confían en mí de todos modos? Creo que llegará un día en el que se cansen de esperar y se vayan, no los culparía pero no estoy seguro de nada. A veces creo que si podré llegar y que cuando cruce el umbral no habrá nadie ahí, estarán en otras partes haciendo sus vidas o recorriendo sus propios túneles.

La vida en el túnel te vuelve distante, frío, solitario. La vida en el túnel te hace ver siempre hacia adentro. Sólo puedes conversar contigo mismo y cada vez tienes menos temas de conversación así que le das vueltas al mismo asunto, una y otra vez y cada vez se vuelve más oscuro y más negativo el veredicto final. Las cosas simples no existen aquí. Todo pasa por algo, por ti, la mayoría de las veces y a pesar de que estás aislado del resto del mundo siempre tienes esa sensación de que tú presencia o ausencia afecta e influye directamente en las vidas de los demás, de los que están afuera.

La vida en el túnel es muy complicada. Hay ocasiones en las que me siento fuerte y me sorprende como a pesar de todo sigo de pie, herido y cansado pero de pie.

La vida en el túnel es mía y sólo yo sé que tan largo ha sido el viaje.

La vida en el túnel es la única que conozco.

La vida en el túnel me hace infeliz.

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Perdido.

lost

Últimamente he despertado con una sensación de vacío que no me sé explicar. Como si las luces del mundo, de mi mundo, se hubieran apagado y anduviera a ciegas, con las manos al aire tratando de encontrar el camino correcto. No sé a dónde quiero ir, sin embargo, tengo la necesidad de llegar.

Siento una extraña ambición de gobernarlo todo, de ir más allá de los puentes que he construido y los muros que he derribado. La victoria ya no me sabe igual, los trofeos son solo objetos vacíos que ocupan espacio y no dicen nada. La nada se ha convertido en mi todo y no veo porque eso esté mal.

¿Soy inseguro? Sí, lo acepto. ¿Tengo miedo? ¡Por supuesto!

Y la verdad es que detesto estos días, los días en los que me siento perdido. Los días en los que la luna no brilla, no me sigue, no me inspira. Detesto las sonrisas falsas y las oraciones de apoyo vacías. Detesto al que ofrece ayuda pero no está dispuesto a darla. Detesto a la gente que oye pero no escucha. Detesto pensar pero no actuar.

Y sé que todo esto es culpa mía, y sé que soy yo quien dirige mi vida y que soy el único que puede sacarme del pozo existencialista al que decidí entrar. Sé que mañana será otro día y que vendrá con una nueva oportunidad para volver a empezar, lo sé, lo entiendo y lo espero.

Cambios y perspectivas.

 

Aprendimos a ver el mundo desde nuestra perspectiva y es así como esperamos que los demás lo hagan. Tenemos definiciones absurdas sobre lo que es bueno y lo que es malo, incluso tenemos una justificación moral, espiritual o judicial para todo esto.

Medimos el tiempo en el que se deben hacer las cosas y juzgamos a aquellos que no se apegan a dichas medidas. Destinamos espacios para desempeñar determinadas actividades, creamos protocolos que se deben seguir en ciertas situaciones. Ponemos etiquetas a todo cuanto poseemos, organizamos, dividimos, desechamos.

Definimos el valor de un ser humano por el color de su piel, el idioma en el que habla, la forma en la que se viste y la manera en la que se relaciona con otros seres. Tenemos un nombre, no para cada individuo sino para cada tipo de individuo. Aprendemos a señalar las diferencias en lugar de apreciar las similitudes.

Hacemos todo esto de manera inconsciente porque es la única verdad que conocemos. Le llamamos cultura, tradición y nos negamos a ver otras propuestas porque, claro, es más fácil dejarse llevar por la corriente.

Creemos en todas estas cosas y las hacemos parte de nuestras vidas hasta que un día despiertas y te das cuenta que no son lo que parecen, que nunca te sentiste parte del movimiento. Te das cuenta que eres tu contra el mundo, contra sus ideales. Tendrás que destruirte a ti mismo, recoger los pedazos y hacer con ellos una nueva versión de ti

El camino es difícil, por supuesto, pero tus antecedentes te han hecho lo suficientemente fuerte para soportar esa y muchas otras tareas. Conoces tu potencial y deseas compartirlo con el mundo, tienes en tus manos una nueva verdad y no puedes esperar. Entonces te levantas y tocas todas las puertas que encuentras en tu camino, alzas la voz pero son pocos los que te escuchan, despiertan poco a poco y buscan su propia verdad.

¿Qué pasa? ¿Se desvían? ¿No es lo que es lo que esperabas?

Por supuesto que no, crees haber aprendido pero no lo hiciste, te engañaste una vez más, caíste en el mismo juego, tu verdad te parecía tan buena, tan justa, tan razonable que creíste que era una verdad absoluta y que todo aquel que la escuchara la adoptaría.

Cualquier cambio, por más pequeño que este sea implica riesgos, perdidas o ganancias y no todo el mundo está dispuesto a apostar. Ofreciste tu mano al que se ahogaba en el mar de sus tragedias y sentiste que podías salvarlo pero, claro, tu estabas arriba y no tuviste oportunidad de revisar que tan profundas eran las aguas.

Te sientes decepcionado.

¿Fallaste? No, en lo absoluto.

Entendiste que no todos los que están perdidos quieren ser encontrados, porque el camino es distinto para cada uno de ellos.

Somos polvo.

somos polvo

 

Miré al cielo y encontré estrellas, enormes fragmentos de algo flotando a millones de kilómetros de distancia pero que, sin embargo, desde mi perspectiva lucen pequeños y vulnerables. Eso, perspectivas, ilusiones.

Me pregunto como nos verán las estrellas desde allá. ¿Pequeños e indefensos? ¿Pedirán deseos cuando nos ven caer? ¿Nos extrañan cuando las nubes nos ocultan bajo su manto? ¿Viven sus vidas siguiendo nuestros caminos? ¿Estudiarán nuestros movimientos? Mi respuesta fue no, no lo hacen, nadie lo hace pero tenemos la necesidad de hacernos creer que sí.

Vivimos nuestras vidas en base a lo que los demás digan, recorremos los caminos que otros han recorrido, cumplimos las metas que nos imponen, somos predecibles, cotidianos, simples, básicos. Lo sabemos pero nos negamos a creerlo. Construimos imágenes distorsionadas de nosotros mismos, engrandecemos nuestros nombres colocándole títulos: Licenciados, abogados, doctores, ingenieros ¿Esto hace alguna diferencia? ¿El titulo de humano no te dice nada?

Tenemos reglas, códigos, leyes, normas, modelos, costumbres, razonamientos, teorías y doctrinas que debemos cumplir ¿Para qué? Salirse del camino es impensable, hablamos de civilización pero mantenemos costumbres primitivas, el más fuerte es el que sobrevive. Inventamos el tiempo y limitamos nuestras vidas.

Creemos en la vida después de la muerte, en dimensiones alternas, en reencarnaciones, en cielos e infiernos ¿Nos cuesta tanto aceptar que algún día tendremos que partir? Jugamos a ser eternos pero no lo somos, en el fondo sabemos que no lo somos. Nos engañamos.

Somos polvo y lo podemos comprobar, somos parte de un sistema que nos consume, nos envuelve, nos agota, nos dirige sin piedad. No se detiene por nadie, nos hace iguales, insensibles, máquinas de consumismo. Olvidamos nuestras raíces, seguimos las reglas, vivimos de acuerdo al código y todo para que al final terminemos bajo tierra, alimentando al planeta que nos vio nacer, al que le dimos la espalda. Y nadie puede evitarlo.

Somos polvo y nos conviene aprender a volar, libres, sin rumbo, sin miedo, sin rencor. Improvisar antes de calcular, sentir antes de pensar, vivir antes de soñar.

Le dije adiós a mis sueños y comencé a vivir.

cometas

Otro año que termina y la lista de sueños y metas que me propuse el año pasado sigue en blanco. ¿Soy un fracaso? Tal vez no, tal vez solo me perdí en el camino, tal vez comencé a trazar mi propio camino, tal vez descubrí que me cuesta trabajo caminar en línea recta, tal vez lo mío es darle vueltas al mundo hasta encontrar mi lugar, tal vez decidí que no quería cumplirlos, tal vez me convencieron de no hacerlo.

Al final del día, estoy aquí contando historias y recordando momentos, pensando en que habría sido de mi si hubiese cumplido tan solo la mitad de mis metas ¿Tendría un mejor trabajo? ¿Me pasearía en un lujoso auto? ¿Tendría un titulo universitario? ¿Habría viajado por el mundo? ¿Tendría los mismos amigos? ¿Sería feliz?

Puse sobre la balanza todas las cosas buenas y malas a las que me he enfrentado por no seguir mi planes y descubrí que están en perfecto equilibrio y que me gusta verlas así. Entonces me pregunte a mi mismo ¿Te arrepientes de algo? y la respuesta fue siempre un rotundo no. Tomé el camino difícil y caí, caí tantas veces hasta que aprendí a levantarme con orgullo, mostré las cicatrices que me hice en el camino y las hice parte de mi.

Le dije adiós a mis sueños y comencé a vivir, apague las luces y me concentré en sentir y adivina que, sigo aquí.

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