cambios y perspectivas

Aprendimos a ver el mundo desde nuestra perspectiva y es así como esperamos que los demás lo hagan. Tenemos definiciones absurdas sobre lo que es bueno y lo que es malo, incluso tenemos una justificación moral, espiritual o judicial para todo esto.

Medimos el tiempo en el que se deben hacer las cosas y juzgamos a aquellos que no se apegan a dichas medidas. Destinamos espacios para desempeñar determinadas actividades, creamos protocolos que se deben seguir en ciertas situaciones. Ponemos etiquetas a todo cuanto poseemos, organizamos, dividimos, desechamos.

Definimos el valor de un ser humano por el color de su piel, el idioma en el que habla, la forma en la que se viste y la manera en la que se relaciona con otros seres. Tenemos un nombre, no para cada individuo sino para cada tipo de individuo. Aprendemos a señalar las diferencias en lugar de apreciar las similitudes.

Hacemos todo esto de manera inconsciente porque es la única verdad que conocemos. Le llamamos cultura, tradición y nos negamos a ver otras propuestas porque, claro, es más fácil dejarse llevar por la corriente.

Creemos en todas estas cosas y las hacemos parte de nuestras vidas hasta que un día despiertas y te das cuenta que no son lo que parecen, que nunca te sentiste parte del movimiento. Te das cuenta que eres tu contra el mundo, contra sus ideales. Tendrás que destruirte a ti mismo, recoger los pedazos y hacer con ellos una nueva versión de ti

El camino es difícil, por supuesto, pero tus antecedentes te han hecho lo suficientemente fuerte para soportar esa y muchas otras tareas. Conoces tu potencial y deseas compartirlo con el mundo, tienes en tus manos una nueva verdad y no puedes esperar. Entonces te levantas y tocas todas las puertas que encuentras en tu camino, alzas la voz pero son pocos los que te escuchan, despiertan poco a poco y buscan su propia verdad.

¿Qué pasa? ¿Se desvían? ¿No es lo que es lo que esperabas?

Por supuesto que no, crees haber aprendido pero no lo hiciste, te engañaste una vez más, caíste en el mismo juego, tu verdad te parecía tan buena, tan justa, tan razonable que creíste que era una verdad absoluta y que todo aquel que la escuchara la adoptaría.

Cualquier cambio, por más pequeño que este sea implica riesgos, perdidas o ganancias y no todo el mundo está dispuesto a apostar. Ofreciste tu mano al que se ahogaba en el mar de sus tragedias y sentiste que podías salvarlo pero, claro, tu estabas arriba y no tuviste oportunidad de revisar que tan profundas eran las aguas.

Te sientes decepcionado.

¿Fallaste? No, en lo absoluto.

Entendiste que no todos los que están perdidos quieren ser encontrados, porque el camino es distinto para cada uno de ellos.

 

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