El día de hoy marcharán en algunas ciudades personas que buscan hacer del mundo un lugar más agradable donde vivir (según su perspectiva). Eso lo entiendo, incluso lo admiro. Hacer activismo, levantar la voz y dar la cara son actividades que no cualquiera se atreve a hacer, bien por ellos y aunque no comparto ninguno de sus ideales respeto su derecho de manifestarse.

Expresar nuestra opinión sin importar las consecuencias que ésta nos pueda traer es algo natural, lo hacemos todo el tiempo con cualquier tema, y eso no quiere decir que sea lo correcto, porque ¿Quién define lo que es correcto? ¿Bajo qué criterio?

Hay que entender que vivimos en un mundo de perspectivas, donde nada es lo que parece, donde todo lo que hagas puede ser juzgado, donde siempre habrá alguien queriendo ser mejor que tú y alguien tratando de llegar hasta donde estas tu. Un mundo en el que todos buscamos desesperadamente figurar, dejar rastro, permanecer pero que solo algunos cuantos lo consiguen y es ahí donde reside el problema, o por lo menos eso es lo que yo puedo entender.

La realidad es que con cada día que pasa salen a relucir más nuestras debilidades como especie, estamos invirtiendo nuestro potencial y recursos en actividades que benefician a algunos pocos, satisfacen a unos cuantos y dañan a una minoría. Y es precisamente una de esas minorías las que nos tienen escribiendo este texto.

A pesar del despertar social que se ha visto en los últimos años, el colectivo LGBT+ sigue siendo una minoría. Existen alrededor del mundo leyes, creencias y estereotipos que reprimen no solo las preferencias sexuales de estas personas sino su propia identidad, su manera de pensar y de relacionarse con los demás. Los convierten en víctimas y verdugos al mismo tiempo.

Por supuesto que eres libre de creer lo que quieras, puedes justificar tus acciones en una ideología política, espiritual, humanitaria o cultural. Puedes hacer con tu tiempo y espacio lo que mejor te parezca, puedes educar a tus hijos como te educaron a ti, puedes seguir patrones y caminos trazados, puedes buscar tu propia verdad, puedes estar a favor o en contra de algo, puedes ser quien quieras, puedes decidir con quien casarte o cuantos hijos tener, puedes comer lo que quieras, puedes sentirte feliz o miserable a la vez, solo tu decides que colores usar en tu ropa, cabello o accesorios, puedes creer en dioses perfectos, en seres de otros planetas y en dimensiones paralelas, puedes hacer marcas en tu cuerpo tantas como desees, puedes…

Básicamente puedes hacer con tu vida lo que quieras, absolutamente todo, lo único que no puedes hacer, o por lo menos no deberías, es tratar de quitarle a alguien el derecho de hacer todas esas mismas cosas.

Antes de salir a protestar por tus derechos detente un minuto a reflexionar si esos derechos por los que peleas son equitativos con todos, piensa en los pro y en los contra, piensa en los beneficios que obtendrás y en las restricciones que le dejarás a alguien más. Piensa que no estas solo en este mundo y que tus actos, por muy pequeños que sean cambian el rumbo y la dirección de los que te rodean, piensa si tus actos están siendo productivos y si dejan una lección de paz, amor y generosidad que es lo que más necesitamos. Piensa si estás construyendo el mundo ideal en el que te gustaría ver crecer a tus hijos, piensa en ellos, tus hijos.

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