Era la flor más bonita del jardín, la cuidaba día y noche, le daba agua y sombra cuando lo necesitaba pero sobre todo le daba amor.

Esperaba con ansias el momento de estar a su lado, le contaba sus secretos y escuchaba sus consejos, ligeros susurros perfumados que le llegaban al alma.

Una tarde se acercó a la cerca que rodeaba el jardín y quedó fascinado con lo que vio al otro lado. Encontró flores de todos los tamaños y colores, despedían aromas exóticos, embriagantes, seductores. Se acercó, cauteloso al principio, y se dejó maravillar por las bondades que le ofrecía este ambiente salvaje.

La mañana siguiente, después de atender su flor con prisa, regresó al exterior y siguió explorando. Probó todo cuanto pudo, sin medidas.

Con el paso de los días, fue dedicando cada vez menos tiempo a su flor, que ahora le parecía una flor más. Y así fue, hasta que gradualmente la olvidó. Se perdió en el exterior consumiendo el aroma envolvente de los tulipanes, se enamoró de la margarita y se deleitó con los colores de la orquídea.

Regresó a casa cuando sació su curiosidad y se estremeció al ver el estado en el que se encontraba su flor. Al no recibir los cuidados que él le propiciaba, ésta se marchitó, perdió su belleza y despedía un aroma rancio. Sus pétalos ya no tenían color, ahora eran frágiles y se rompían con el viento. Su tallo era tan débil que apenas y podía sostenerse. Sus raíces se fueron secando e inevitablemente murió.

Se sentía culpable, sabía que las flores no eran eternas y que, le gustara o no, esto tenía que suceder, sin embargo, no estuvo ahí, no le ofreció su sombra en los días soleados de verano, no la cubrió de la lluvia en el otoño, no estuvo con ella en las noches frías de invierno. No le demostró el amor que sentía por ella. No se lo dijo por última vez.

Las flores del exterior ya no le llenaban, sus aromas le causaban migraña y sus colores lo perturbaban. Se perdió el encanto.

En el lugar donde solía estar su flor ahora solo hay un vacío. Un vacío que le recuerda todos los días las consecuencias de sus actos y lo motiva a encontrar nuevas flores, cuidarlas, acompañarlas y despedirlas cuando su ciclo se cumpla.

 

 

Lo aprendió muy tarde.

 

 

Para mi flor, la flor más bonita del jardín.

 

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